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CESAREO REY. VIVIR DE NUEVO LA TRASHUMANCIA.

HACE ahora quince años que conocí a Cesáreo Rey, ese hombre del que bien puede decirse que «sabe de las ovejas más que los carneros». Alberto Oliart y Florencio Barajas, a través de la Asociación de Criadores de Merinos, me pusieron en contacto con él y en el Kiosco de la Plaza de Mérida sellamos el pacto de un sueño: vivir de nuevo la trashumancia.

El primer soñador de ésta historia era Jesús Garzón, luchador, visionario y romántico que logró convencer a los «Señores de Bruselas» de la importancia de esos corredores ecológicos conocidos como «vías pecuarias» o más popularmente como «cañadas, cordeles y veredas». A través del denominado Proyecto LIFE 2001 («por un desarrollo armónico del mundo rural») se pretendía recordar y dar a conocer una de las culturas más antiguas de Europa; la de los ganaderos españoles que, tras pasar el invierno en las dehesas de Extremadura, Andalucía y Castilla la Mancha, marchaban hacia el norte en primavera, para aprovechar durante el verano los pastos frescos de las montañas, regresando al sur con la primeras nevadas del otoño.

Cesáreo era uno de los pocos ganaderos, maestro de trashumantes, capaz de esa gesta. Tenía un rebaño de merinas sin igual. Conocía las cañadas y cordeles como nadie. Podía seguir el rastro del camino con un rebaño en pastoría, durante veintidós jornadas andando, comiendo lo que podían y aguantando las inclemencias que el pillaje y las intrusiones continuas, tanto públicas como privadas, han producido en ese gran patrimonio natural que constituyen nuestras cañadas. Y tenía, también, algo más importante: la generosidad y fortaleza necesarias para revivir una hazaña, que entonces era mucho más difícil que cuando el la realizaba.

La Cañada Real Zamorana, que unía las dehesas de Olivenza y Alburquerque, en Badajoz, con las montañas de Sanabria, en Zamora, bordeando la frontera con Portugal, fue nuestra primera aventura en el año 1993, con un rebaño selecto de 2.600 ovejas merinas puras, capitaneado por Cesáreo Rey con los pastores, burros, mastines y careas, que salíamos de Alcántara atravesando el espectacular e histórico puente romano sobre el río Tajo. La subida a los puertos de Sanabria duró 20 días, recorriendo unos 400 Km. hasta Porto, en el límite ya de Zamora con Orense, a casi 2000 metros de altitud. Tras tres meses de estancia en la montaña, con ataques de lobos (que se cobraron 9 ovejas), iniciamos el regreso a Extremadura a finales de septiembre, utilizando en el retorno la famosa Cañada Real de la Plata, que atraviesa las ciudades de Zamora, Salamanca y Trujillo, para llegar a Valverde de Mérida un mes más tarde, tras haber recorrido cerca de 1.000 Km. de camino entre ida y vuelta.

Fruto de aquella experiencia, realizada durante tres años consecutivos, fue la promulgación de la nueva Ley de Vías Pecuarias a la que se comprometió el entonces ministro de Agricultura, Luís Atienza, tras caminar con nosotros (acompañado de su mujer y su hija pequeña) una jornada llena de intrusiones y basuras de todo tipo. No tengo muy claro que la citada Ley esté sirviendo de mucho en este país en el que las ocupaciones de particulares (apropiación de terrenos, cercamientos y puertas cerradas por todas partes) y de las Administraciones Públicas, con todo tipo de construcciones (carreteras, presas, viviendas, etc.) que no han respetado los espacios de ese gran patrimonio público, han creado ya una situación casi irreversible. Si, parece, que la gran llamada de atención que se inició con aquel proyecto ha servido al menos para recordar la vieja cultura pastoril y trashumante, y para decirle a las Administraciones y a la ciudadanía que deberíamos salvar lo que se pueda de esos grandes corredores ecológicos sin los cuales no es posible mantener y recuperar todo esa gran biodiversidad que ahora ocupa tantos espacios en las nuevas políticas ambientales, muchas veces con más ruido que nueces y con presupuestos y recursos importantes que podrían ser mucho mejor utilizados.

En la sociedad a la que hemos abocado, a la trashumancia y a las vías pecuarias les pasa un poco como a ese manoseado concepto de «sostenibilidad»: todo el mundo le invoca y a muy pocos interesa ahondar y buscar políticas y actuaciones que conduzcan sincera e inteligentemente hacia ese modelo de desarrollo cuyas dimensiones pasan por la cultura, la política, la economía y la participación social.

En el debate que los nuevos actores sociales mantenemos tal vez falte un poco de humildad para reconocer las insuficiencias de cada uno. El mundo de las ideas está falto de investigación y de propuestas que vean más allá de la tecnocracia. El de la política debe tomarse más en serio lo del desarrollo sostenible, sin oportunismos electoralistas. El de la empresa debería aceptar que puede haber actividad económica con generación de beneficios sin destruir los recursos naturales. Y en el del ecologismo, salir de tópicos y dogmas, y realizar propuestas inteligentes de conservación que estén bien evaluadas económicamente. No es ningún pecado «hacer números» sobre lo que se propone.

Hombres como Cesáreo Rey, que no han pisado una escuela, y que han sabido sobrevivir a los enormes cambios operados en esta, a veces mal llamada sociedad del conocimiento, a la vez que conservaban su cultura y tradiciones, nos dieron lecciones que nunca podremos olvidar; a las gentes de los pueblos por donde pasaron sus ovejas, y a los estudiosos y expertos de todo tipo que convivieron con nosotros en aquellos tres años de trashumancia inolvidable.

Cesáreo sigue yendo cada mañana al campo, ahora con mayores limitaciones físicas propias de la edad y otras circunstancias. La última vez que he ido a verle estaba cargando sus borregos para la venta y apenas pudimos rememorar aquella gesta que quedó recogida en las televisiones de muchos países, mostrando a un trashumante con «motorola» en la oreja y un hermoso rebaño por pleno centro de Madrid.

Creo que Extremadura debe un homenaje a este pastor y ganadero que teniendo un patrimonio considerable al que atender interrumpió su actividad durante tres años para mostrar al mundo entero lo que fue una de las culturas más hermosas e inteligentes, y de tanto arraigo en algunas zonas de España y en Extremadura.

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