LOS ULTIMOS TRASHUMANTES

Los últimos trashumantes



La trashumancia entre Extremadura y León se reduce a cuatro rebaños y menos de cinco mil merinas; otras 50.000 ovejas pasan el estío en los puertos e invernan en la rib.








ana gaitero | león 08/08/2011


Los viejos trashumantes, sin teléfonos móviles ni Internet, sabían que cuando el viento solano soplaba en Extremadura, en la montaña de León caían copos de nieve. Y cuentan en los pueblos que las ovejas embarcaban mejor en los trenes cuando les esperaba una buen año en León que cuando era malo.


La relación entre León y los «extremos» de lo que fue el Reino de León fue tan estrecha que hombres y animales llegaron a interpretar las señales de naturaleza de modo intuitivo, pero exacto. De la misma manera que supieron buscar el alimento complementario ideal entre las dehesas extremeñas y los puertos pirenaicos españoles, para el invierno y el estío.


El siglo XXI dice adiós a más de ocho siglos de tradición. La trashumancia es casi residual entre León y Extremadura: cuatro rebaños y unas cinco mil merinas pastan en los puertos de Torre Babia (2), Redipuertas y Vegarada y Villaverde de la Cuerna.


La trasterminancia, trashumancia de menos de 100 kilómetros de recorrido, tomó auge hace treinta años entre las riberas y los puertos pirenaicos leoneses. También se ha reducido a unas 50.000 cabezas.


«Si los animales pudieran hablar, seguro que les gustaría estar de invierno allí (Extremadura), y de verano aquí», admite Rubén Valín, el nieto de Edelmiro Tascón, de Correcillas, que siendo un crío perdía la escuela para ir al embarque de las ovejas en La Perala (Cáceres).


«Unas 135.000 cabezas de ovino trashumaban a la montaña leonesa a principio del siglo XX», recuerda Manuel Rodríguez Pascual, técnico del Instituto de Ganadería de Montaña (CSI-ULE) y gran divulgador de la trashumancia. En la década de 90 los trenes se paraban horas e incluso días en cualquier estación con cualquier excusa y «el ganado sufría muchísimo», comenta una de las hijas de Edelmiro Tascón. La protección real de los desplazamientos de las merinas, otorgada por Alfonso X, junto a privilegios de paso y pastos para el Honrado Concejo de la Mesta habían perdido su valor tiempo atrás.


Ahora las merinas suben a León y bajan a Extremadura en camiones, a 6.000 euros el billete de ida y vuelta para un rebaño de mil ovejas. La resistencia de esta raza para recorrer grandes distancias se pone a prueba en mínimas dosis dentro la provincia y, como mucho, entre León y Asturias. El rebaño de Rubén Valín, repartido en dos hatajos, hace el camino a pie desde Secos del Porma y Villabúrbula a Correcillas en junio y retorna a la ribera entre septiembre y noviembre. Un recorrido de 60 a 70 kilómetros a pie, de los que apenas doce los surcan por los cordeles de la Cañada Leonesa Occidental. La trashumancia dejó en herencia 125.000 kilómetros de cañadas ganaderas. Surcan la provincia leonesa 2.320 kilómetros. Pero este «patrimonio único en Europa», en palabras de Rodríguez Pascual, es invisible. Está tapado por chalés y carreteras o, en el mejor de los casos, olvidado e ignorado.


Las cañadas se pierden y apenas quedan pastores. «¿Por qué crees que se está acabando ésto? Las condiciones de vida son malísimas», dice Juan José Coque, de Valdecastillo, cuando se le pregunta si está casado. Con este oficio… es difícil, ¿no?. «Vamos, mira a ver», contesta. Tiene 48 años, pasa siete meses en Extremadura, y cuatro en los puertos de Vegavieja de Torre de Babia, pastoreando a las «condesas», uno de los rebaños de la ganadería del Conde de Campo Espina, de Trujillo.


Al igual que José Antonio Velasco Rivas, de 40 años, duerme en la majada junto a las ovejas, en una caseta construida en sustitución de los antiguos chozos. Velasco, de Puebla de Lillo, es pastor desde los 16 años. «Otra cosa no me gusta», dice lacónico. ¿Difícil?. No cree. «Gustándote las ovejas, aprendes pronto».


Velasco está al frente del rebaño de las hidalgas o renegras, la cabaña heredera de la selección de ganado que realizaron durante siglos los hidalgos de Sena de Luna ahora propiedad del Conde. Los mansos, carneros que sirven de guía, están mezclados en el rebaño, pero responden a su silbido de inmediato y se acerca a su vera como si comieran de mano. ¿Se aprenderá ésto en una escuela?


Manuel Rodríguez defiende la creación de una Escuela de Pastores para que no se pierda el oficio. «A la cultura tradicional hay que sumar los conocimientos científicos que se han generado en el mundo», apunta el experto.


El País Vasco ya tiene una de estas escuelas en Aránzazu, aunque hay quienes defienden que el oficio «hay que mamarlo desde crío. Cuando yo le preguntaba a mi abuelo sobre tal o cual cosa él siempre me respondía: tú oir, ver y callar», apunta Rubén Valín.


Este año no han visto el lobo en Torre de Babia, pero sabe que anda al acecho «porque los perros trabajan de noche», señala José Antonio Velasco. La protección de este especie es vista como otro obstáculo a las cabañas de ovejas. «Estás luchando por la explotación todo el año y el lobo te la puede estropear en un momento sin que nadie te ampare, ni te proteja», se queja Valín.


La ganadería en general y la trashumancia en particular exige una rigurosas condiciones de saneamiento. Las que trashuman además están sometidas al calendario de vacunaciones de dos comunidades autónomas. Cuando se detectór la enfermedad de la lengua azul «nos tuvieron retenidos, nos quedamos trancados por la nieve y tuvimos que bajar a cargarlas en Nocedo», señala José Ángel Escalona, ganadero y pastor de Redipuertas.


Treinta años han bastado para dar al traste con una tradición de ocho siglos. Los puertos se han encarecido con las vacas que demandan pastos; los corderos han bajado el precio un 10% en este tiempo y el precio de la lana, que fue potente divisa española, apenas cubre el coste del esquileo. «Sin ganaderos y sin ganado va a ser muy difícil conservar estos pastos de altura que se generaron hace siete u ocho siglos con la trashumancia», advierte Pascual.


Este verano un total de 26 ganaderías, tres de ovejas y 23 de ganado vacuno, han realizado la trashumancia desde Extremadura a los puertos leoneses para pasar el verano. Según datos de la Junta de Castilla y León, veinte cabañas son de León y pasan el invierno en Extremadura y las otras seis proceden de Extremadura y pasan el verano en los puertos leoneses.


León cuenta con unos 400 puertos de pastos de altura, de los cuales 145 son montes de utilidad pública que gestiona el servicio territorial de Medio Ambiente. Se trata de 43.000 hectáreas cuyo aprovechamiento se subastó este año a 12 y 15 euros por hectárea, por lo que supondrán unos ingresos cercanos a los 600.000 euros. Un 15% revierten en la Junta con la finalidad de conservar el monte.


La continuidad de la ganadería, y en particular de las cabañas ovinas, no es sólo una cuestión productiva. Manuel Rodríguez hace hincapié en el «papel fundamental» que la ganadería y la agricultura juegan en la conservación del medio natural para frenar los incendios, mantenedoras del ciclo hídrico y como baluarte frente a la despoblación del mundo rural.


«Las cabras son las mejores bomberas porque frenan la crecida del matorral», apunta Valín. El papel de las ovejas en el mantenimiento de los pastos de altura es muy importante. «El redileo proveía de materia orgánica y nutrientes necesarios para mantener el suelo», apunta el experto. Los técnicos de la Junta de Castilla y León también advierten de la necesidad de que «no se abandone el ganado de oveja para que se puedan conservar los puertos». «Las ovejas siembran riqueza orgánica en el suelo. Antaño, cuando se hacía la trashumancia a pie se peleaban en los pueblos para que durmieran en sus terrenos porque les garantizaba un buen abono para sus fincas», apostilla José Álvarez Pozal, mayoral de la ganadería Granda desde hace 48 años. Los científicos han corroborado a la sabiduría popular. Los pastores solían decir a quienes se quejaban del paso de las ovejas: «La oveja, donde come, deja», remata Valín.


Recuperar la trashumancia a pie entre León y Extremadura se considera inviable. Pero es un hecho, apunta el autor de , que en «Extremadura hay una sobrecarga de ganado que provoca una degración del terreno y genera suelos más débiles y las ovejas pasan sed».


Históricamente se compensó con el uso de los puertos leoneses, que cada vez se están embasteciendo más. «Debería haber acuerdos entre las dos comunidades autónomas y facilitar que las juntas vecinales leonesas arrendaran estos pastos a rebaños de ovejas», sugiere.


También serían necesarias medidas sociales que permitieran conciliar la vida familiar y laboral de ganaderos y pastores. «Antes mi abuelo bajaba siete meses y mi abuela quedaba aquí. Eso, hoy, es inviable», sentencia Rubén Valín. Como dice Rodríguez Pascual, la trashumancia pasa por «integrar a los pastores en el siglo XXI».

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